A estas alturas todo el mundo debe estar enterado de que esta tarde nos va a pasar rozando el asteroide 2012 DA14, a tan sólo 27.000 km sobre la superficie de la Tierra.
Vamos, que esta roca de unos 50 metros de diámetro se ha a enhebrar como una aguja en medio de la constelación de satélites artificiales que rodean la Tierra. ¡Guau! Y existe una posibilidad (eso sí, remotísima) de que le “endiñe” a algún satélite y de que nos quedemos sin ver por la televisión el próximo partido de UEFA Champions League.
He encontrado esta interesante animación que explica todo esto muy bien.
Yo pienso seguir el fenómeno escuchando esta preciosa canción
de Adele (me encanta) que va a venir muy a cuento…
En ese futuro que se imaginaba entonces, y que parece no termina de llegar nunca, aparecían casas completamente automatizadas. Podías encender la calefacción o el horno desde el trabajo, para que cuando llegaras a casa estuvieras calentito o con la cena hecha. Ese tipo de cosas. Pero, aunque es cierto que ya hay casas con ese tipo de sistemas, dista mucho de ser algo generalizado.
El caso es que tengo un amigo que tiene un problema con la calefacción en su segunda residencia. Cuando va, los fines de semana, la casa está tan fría que tarda casi un día en calentarse. Si pudiera encender la calefacción 12 horas antes de llegar... sería fantástico.
Hay un sistema en el mercado que permite hacer esto, por medio de una tarjeta SIM. Cuesta unos 200 euros. Con el simple envío de un SMS puedes activar o desactivar un relé... que puede estar conectado a cualquier dispositivo eléctrico. Mi amigo está pensando en comprárselo pero, ya puestos, le gustaría también controlar otras cosas, como el riego, para lo que necesitaría un sistema superior… y más caro.
No es que estuviera muy bien ambientada, si no fuera por las mesas corridas y algunas Fräulein que pululaban por allí más bien parecería que estuviéramos en las fiestas patronales de cualquier pueblo de la geografía española. El caso es que, no sé muy bien porqué, me acordé de una visita que hice en una ocasión a la Hofbräuhaus de Múnich.
Fue hace muchos años cuando aún no se habían popularizado los teléfonos móviles (ni por supuesto el roaming) y al único que veíamos hablar por móvil era a Michael Douglas... y sólo en las películas de Hollywood. Tal vez fuera porque los primeros teléfonos móviles pesaban 5 kg.
En cualquier caso, resulta que había planeado con un par de amigos (Alfonso y Raquel) realizar un viaje por Alemania y Austria, mientras que otro amigo mío (David) planeaba a su vez recorrer Europa con su primo gracias al Interrail. Mientras estábamos planificando nuestros respectivos viajes, plano de Europa desplegado sobre la mesa de una cafetería del centro de Madrid, se me ocurrió que sería divertido que nos encontráramos en algún lugar de la vieja Europa. Después de estar un rato cuadrando los itinerarios previstos, nos dimos cuenta de que podíamos coincidir en una fecha y lugar: 9 de julio en Múnich. Faltaba por decidir la hora y el sitio concreto. David planeaba pasar la noche previa en Múnich, pero nosotros pernoctábamos en Inzell, a unos 200 km., por lo que no podríamos llegar allí hasta mediodía. Y con respecto al sitio de la cita no se nos ocurrió un lugar más típico que la Marienplatz (la "plaza mayor" de Múnich).
De modo que nos citamos, con una anticipación de tres semanas, en un lugar a 1.500 km. de distancia.
Y, oye, el día 9 de julio a las 12:00 estábamos todos juntos allí en Múnich, viendo el espectáculo del carrillón del reloj de la Marienplatz. Y no hizo falta que nos llamáramos al móvil, cinco minutos antes de llegar, para decir “estoy llegando”. Después nos fuimos a celebrar nuestro feliz encuentro a la cercana Hofbräuhaus. Una cervecería muy pintoresca en la que siempre hay una banda tocando en directo y la cerveza (su propia cerveza, fabricada allí mismo) corre a raudales por las mesas. Un lugar fantástico si no fuera porque tiene un pasado un poco escalofriante. Era un lugar habitual de reunión del Partido Nazi y, de hecho, allí se inició en 1923 un golpe de estado frustrado (el famoso Putsch de Múnich) protagonizado por Adolf Hitler. Claro que nada que ver con los sudores fríos que nos corrieron por la espalda esa misma tarde, cuando nos encontramos en el Deutsches Museum con un viejecito alemán que presumía de haber luchado con la Legión Cóndor en la Guerra Civil Española (“mitFranco” como decía él), pero esa es otra (escalofriante) historia…
Pero, a lo que iba, todo esto me llevó a pensar en el uso que a veces le damos a la tecnología, y a los teléfonos móviles en particular. Está claro que los teléfonos móviles nos facilitan la vida, pero por otro lado también nos la complican. Yo, verbigracia, ya no puedo salir a la calle sin él, es como si me sintiera desnudo, y sufro horrores cuando me quedo sin batería sin tener cerca un cargador. Y, paradójicamente, mientras nos permiten acercarnos a los que están lejos, en ocasiones nos alejan de los que están más cerca. No es la primera vez que estoy con alguien que no cesa de aporrear el teclado del móvil, hasta que me dan ganas de preguntarle si está conmigo o con sus amigos del smartphone.
Por otro lado, ¿realmente necesitamos todas las prestaciones que nos ofrecen los nuevos teléfonos móviles? Conozco a más de uno por ahí que lleva un iPhone en el bolsillo que luego sólo utiliza para llamar y enviar mensajes. Y, yendo más allá, ¿realmente necesitamos los teléfonos móviles? Quiero decir, que si mañana dejaran de funcionar todos los teléfonos móviles en el mundo, ¿volveríamos a la Edad de Piedra?
La semana pasada me encontraba casualmente comprado en un Alcampo en las afueras de Zaragoza. Como la mayoría de cajas estaban atestadas, y había comprado menos de 10 artículos, me puse a buscar una caja rápida. En ello estaba cuando descubrí un nuevo sistema automático de pago denominado “Cajamiga”.
Yo había oído hablar de las etiquetas inteligentes, que permiten ir llenando el carrito en el supermercado, y que una vez finalizada la compra, al pasar el carrito por un arco te indicaban el importe total de la compra sin necesidad de descargar y volver a cargar el carrito. Pero no había oído hablar es de este innovador sistema que básicamente elimina el puesto de cajera y lo sustituye... por el propio cliente. Es decir, que tú mismo debes pasar por el escáner cada producto, embolsarlo y al finalizar pasar la tarjeta por el lector. ¡El sistema tiene su miga!
Como soy curioso por naturaleza, me lancé a probarlo. Intenté engañar a la máquina, embolsando un tubo de pasta de dientes sin haberlo pasado previamente por el escáner, pero la máquina detectó el exceso de peso en la bolsa y se puso a “chillar” como una loca, alertando a una azafata que acudió presta a la llamada de auxilio. Hasta aquí todo correcto. No obstante, cuando pasé por el escáner una ensalada y la embolsé, la máquina debió pensar que la lechuga no pesaba lo suficiente, porque empezó a “quejarse” insistententemente de que debía embolsar el artículo. Además, los códigos de barras de algunos productos no fueron reconocidos por el escáner y debí introducirlos "a mano".
En definitiva, que no me pareció un sistema muy práctico.
Eso sí, como la gente parece tener pavor a la tecnología, pude pagar mi compra en dos minutos... y ahorrarme una larga espera.
Pero claro, ¿que ocurrirá si se termina "popularizando" este sistema? En ese caso, las colas se seguirán formando... pero detrás de las nuevas cajas automáticas. ¿Y que habrá pasado, mientras tanto, con los puestos de trabajo de las cajeras?